El 6 de agosto de 1813, la ciudad de los techos rojos Santiago de León de Caracas, estaba engalanada con hermosos arcos, adornados con resplandecientes flores y aromáticas hojas de eucalipto y laurel.
A pesar de los vestigios del fatídico terremoto del jueves santo de 1812, muchos escombros los retiraron y los lugares sucios fueron completamente aseados.
Por las angostas calles de la capital venezolana se apiñaron en esquinas, balcones y plazas, cantidad de personas que venían de todas las parroquias portando la bandera tricolor; otros caminaban animados con coronas de flores y gladiolos blancos de Galipán, para entregarlos en la casa de la municipalidad.
De esquina a esquina los que estaban encargados de organizar el recibimiento a los héroes nacionales, colocaron alusivas banderas de la patria y llamativas coronas de flores de múltiples colores.
Viva la Nueva Granada. Viva la Libertad. Bienvenido Simón Bolívar. Viva el Libertador, se anunciaba en coloridas pancartas.
El entusiasmo y la alegría de los caraqueños era contagiante aquella tarde calurosa.
La catedral lucía hermosos estandartes con la bandera tricolor, que ondeaba en todo lo alto de su cúpula mayor, y a los lados aparecían pletóricos ramos de rosas y alusivas coronas de laurel, impregnando el ambiente con aroma a incienso y olor a clavel.
En la casa de la municipalidad, las puertas, ventanas y paredes estaban adornadas con bellos trabajos manuales de banderas tricolores, reseñando en su franja azul palabras sencillas al general Simón Bolívar.
En la plaza mayor donde iban a realizar el recibimiento al héroe nacional, las aceras albergaron desde tempranas horas de la madrugada a vendedores ambulantes, que ofrecían a gritos conservas de coco con papelón, buñuelos, churros, tunjas, panetelas, roscas en almíbar, tortas, torradas y torrijas. Otros gritaban a son de copla para que vinieran a refrescarse con el delicioso guarapo de caña con limón, guarapito con aguardiente, carato de maíz y el picante por si acaso, del negro don cimarrón.
Niñas con vestidos blancos y llamativas crinejas adornadas con coloridos lazos, llevaban bandejas de madera con dulce de membrillo, conservas la cojita, melcochas envueltas en hojas de naranjo, suspiros de monja y la deliciosa torta de las Bejarano, orgullo y pasión de tres dedicadas hermanas a la repostería.
Las señoras más conservadoras colocaron mesas a la entrada de sus casas, donde ofrecían temblorosas, mazamorras, melindres, majaretes, pastel de hojaldre, polvorosas, blancos almidoncitos y turrón de maní con canela y papelón.
A lo largo de las calles, antes de llegar a la plaza mayor, en la acera en extensos mesones de madera, vendían pasteles, churros, empanadas, bollos de coco y pan con chicha de maíz. También para calmar la sed ofrecían a gritos la refrescante sidra y la digestiva hierba buena con manzanilla e hinojo, de la negra Dorotea.
En las esquinas adyacentes a la plaza mayor, se asaba carne de cerdo, filetes de ángel de vaca, carite frito, chigüire en coco, lapa, chorizo y carne de buey. Obsequiaban a quien comprara un asado, un plátano verde o dos arepas de maíz pilado.
La inquietante ciudad de Caracas de gente alegre y trabajadora, se preparaba para recibir esa tarde la altiva figura del general Simón Bolívar, héroe nacional, que combatiendo durante varios meses en Nueva Granada y Venezuela, había triunfado ante los ejércitos realistas constituidos por españoles y criollos conservadores.
Erguido, con mirada serena y penetrante, Bolívar entró a su ciudad natal vestido con atractivo traje militar, cabalgando en hermoso corcel de cuello arqueado y rimbombante trotar.
La alegría de la gente se hizo sentir esa tarde, y los aplausos retumbaron, escuchándose los ecos como si bajaran de la montaña para perderse por el ancho y exuberante valle.
El general Simón Bolívar pensaba en ese momento, no en su Gloria, pues este era un primer paso en la lucha por la liberación nacional, y el sabor de la libertad lo sentía la gente, que emocionadas en su fuero interior veían por fin la luz de la verdadera independencia del colonato español.
A medida que Bolívar iba entrando a Caracas recordaba años atrás, cuando solitario y con ansiados pensamientos sobre esta lucha, llegó al puerto de la Guaira para continuar su viaje a la capital y residenciarse en una de sus casas.
Fueron años difíciles los que vivió en la sociedad caraqueña de entonces, llena de corruptos y de falsos políticos, cómplices con los representantes de la Corona Española; lo llamaban despectivamente calavera, criollo afrancesado y caraqueñito refunfuñón.
A medida que avanzaban los guerreros por las estrechas calles de la capital, se empezaron a escuchar estruendosos repiques de campanas y fuego de artillería, que le recordaron a Bolívar los primeros encuentros escenificados en la Nueva Granada, semanas después de él haber llegado de Curazao, donde ya había organizado un grupo de neogranadinos y venezolanos para la lucha que iba a emprender.
En Cartagena Bolívar fue enrolado por órdenes del gobernador Torices en la milicia de la provincia, y desobedeciendo a un superior, se atrevió a irrumpir con doscientos hombres en diciembre de 1812 contra la posición enemiga de Tenerife, con la mente puesta en expulsar de allí a los temidos españoles del Alto Magdalena.
A medida que avanzaba por las calles de Caracas, iba recordando estos difíciles momentos que le abrieron el camino de la lucha por una causa noble y leal: ¡la libertad!
De pronto se dio cuenta que estaba entre toda la muchedumbre, y a medida que iba cabalgando con su séquito, la emoción se desbordó al escuchar los melodiosos acordes de la música marcial que tocaban las bandas de guerra, y los repiques de las campanas de la catedral y las iglesias.
viernes, 15 de enero de 2010
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